MANUEL ZALDUONDO
ZALDUONDO CAPITÁN
DEL BERGANTÍN
GOLETA BENITA, JULIO 1863
El capitán de navío Juan Manuel
Zalduondo Zalduondo, hijo de Juan Bautista Zalduondo Careaga y de Josefa Ramona
Zalduondo Goicoechea, es bautizado en Getxo el 13 de octubre de 1820 y habiendo
fallecido a causa de fiebres amarillas el 19 de junio de 1863 cuando estaba
navegando de Santiago de Cuba destino a Falmouth, sus funerales se celebraron
en Getxo el 27 de julio de 1863.
El relato de la muerte del
capitán Zalduondo y la odisea del retorno del bergantín goleta Benita a
Getxo es publicada en los periódicos Irurac Bat y en El Clamor Público, de este
último recojo las crónicas siguientes:
El Clamor Público, 31 de julio de 1863. El
bergantín golera Benita, de la matrícula de Bilbao, capitán Zalduondo,
según de público se cuenta, salió del puerto de Santiago de Cuba el 5 de junio
destino a Falmouth-Inglaterra. Infestada
la ciudad, a la salida del Benita, por la fiebre amarilla, no pasaron
muchos días sin que los tristes efectos de esta horrible epidemia se hicieran
sentir a bordo de la desdichada nave. El día 18 el pobre capitán Zalduondo, a
quien conocimos y pudimos apreciar en vida por su bondadoso carácter, dejó de
contarse en la lista de los vivientes, arrebatado al sepulcro por un ataque de
esa maligna fiebre que cada año nace atroces estragos en las costas de Cuba y
Méjico.
Pocos días después murió también
el piloto del Benita, y sus infelices tripulantes, en número de seis sin
que ninguno de ellos conociese los rudimentos del arte de navegar, se vieron de
pronto abandonados en medio de la mar, ignorando qué rumbo seguir, temerosos de
que los víveres concluyeran y amenazados por el contagio de una enfermedad
espantosa.
El único tripulante que entre los
seis sabia deletrear era un muchacho, cocinero del bergantín goleta, el cual,
como a título de más instruido, asumió (repetimos que esta relación es recogida
de la voz pública) el mando del buque huérfano, de los únicos peritos que había
en él en el arte de pilotear.
El Clamor Público, 2 de agosto de
1863. Crónica.
En la siguiente carta, que
escriben de Santurce a nuestro apreciable colega el Irurac-bat de
Bilbao, se dan extensos y curiosos pormenores que no podrán menos de leer con
interés nuestros abonados, sobre el viaje del bergantín goleta Benita, del
cual nos hemos ocupado en uno de nuestros últimos números:
Santurce 28 de Julio de 1863. Muy señor mío: En su acreditado periódico fecha de
hoy húmero 166, he visto una relación de lo que se dice ocurrió al bergantín goleta
español Benita, de la matrícula de esa villa, relación que como dicen
Vds. muy bien es recogida de la voz pública, y por lo tanto basada en opiniones
más o menos exageradas y todas dudosas. Al poco rato de haber fondeado en esta Abra
el desgraciado buque, pude haber dado a Vds. noticia exacta y verídica de
cuanto ocurrió a su bordo, lo que no cumplí en la persuasión y seguridad de que
este hecho llegaría a su conocimiento a debido tiempo, y aun antes que por mi
conducto; pero ya que así no ha sucedido, tengo (aunque con tristeza) medios
más que suficientes para dar al público la verdadera relación de tan doloroso
suceso, que es el siguiente:
El día 4 de Junio a las cuatro de la mañana salió de
Santiago de Cuba el bergantín goleta español Benita de la matrícula do
Bilbao, capitán Zalduondo, y el 5 se hicieron a la mar desde la farola de aquel
puerto, navegando sin novedad hasta el día 9 que enfermó el marinero Eusebio
Bilbao. El 10 enfermó, también el piloto y el 12 el capitán, hasta cuyo día por
la mañana se encuentran los trabajos hechos por él misino. El 12 murió el
piloto, y el 19 el capitán, a la altura de 66° 40' longitud O de Cádiz y latitud
21º,34´, N.
Este día avistaron un bergantín
alemán nombrado Ana, cuyo capitán pasó a bordo de la Benita
quedando sorprendido al encontrarse aun con el cadáver de su capitán, que hacía
momentos había espirado, y sin náutico alguno más que los tristes marineros.
Movido a compasión, y previendo mayores desgracias, y quizá la desaparición de
los demás tripulantes y la pérdida total del buque, con una anegación y
desinterés nunca ponderables, y a riesgo suyo, se comprometió a dar convoy al Benita
hasta qué cogieran punto de Europa. Continuó así cumpliendo su palabra por
espacio de quince días, durante los cuales pasó este desconocido, honrado y
buen capitán extranjero, repetidas veces a bordo del Benita, y a los
diez y seis días hizo la fatalidad que, con una cerrazón, perdieran los
desventurados tripulantes españoles, al capitán y buque extranjero (más bien
para ellos ángel custodio), de quien se encuentran algunos trabajos en el
diario de navegación o libro de bitácora.
A los dos días hace la Divina
Providencia que se encuentre el Benita con otro bergantín sueco, y les
da noticias de que se hallan a 540 millas de Finisterre al N., y, por lo tanto,
les mandó gobernaran al S. E. Pasados ocho días volvieron a encontrar otro
bergantín inglés, con bandera de cruz número 81, y les dio rumbo al S. E. 1/4
E., diciéndoles que se hallaban a 420 millas de Finisterre. Con este rumbo
recalaron a avistar una farola a las dos de la noche, y cuarenta y seis días de
tan penosa casual navegación,
atravesaron al día siguiente a las seis de la mañana, y reconocieron ser la
farola de la Coruña, y continuaron sin novedad hasta el 24 de este mes, y tres
y cuarto de la tarde, hora en que encontraron a la altura de Castro y Santander
una lancha de prácticos de este puerto
de Santurce, que con el mayor gozo, denuedo y desprendimiento, los dirigió a esta
Abra, dónde fondearon a las 7 y media de la tarde.
Los marineros del Benita,
que tan milagrosamente se han salvado se llaman: Ignacio Martín Arratibe, Pedro
Lamiquis, Lorenzo Larrabarte, León Orticoechea, (sabe leer y escribir), Eusebio
Bilbao, (enfermo), José Urresti, Eduardo Fano, paje, (sabe leer y escribir).
La lancha de prácticos citada de
este puerto a la altura de Castro y Santander encontró al Benita, es la
del acreditado marino y su patrón D. Juan Domingo de Basagoiti, quien desde
dicha altura convoyó al buque no se separó de él ayudándole en cuanto pudo
hasta que lo trajo cerca de este puerto y lo hizo anclar en uno de los mejores
fondeaderos, viniéndose en seguida a tierra a dar parte de tal fatal noticia al
señor piloto mayor y pasar parte telegráfico de lo ocurrido a esa villa.
Sin descansar se dirigió al
puerto de Algorta, de donde era el desgraciado capitán Zalduondo y parte de la
tripulación; pone la noticia en conocimiento de su familia e interesados y les
manifiesta el mal estado de los demás, su falta de víveres, etc. No satisfecho
con esto, conduce en su lancha a aquellos tristes hombres que hacía poco había dejado cuanto les hacía falta, y por último, los
consuela llevándolos a su bordo un nuevo capitán llamado también Zalduondo,
primo del anterior
¿Se puede esperar más del señor
Basagoiti y sus tripulantes? Nada quieren ni nada desean, porque es su
costumbre socorrer la desgracia y repetir en cuantas ocasiones se les
presentan estos verdaderos rasgos de filantropía y humanidad. El piloto mayor
señor Sampelayo tomó también las precauciones más acertadas desde que tuvo
noticia del suceso que antecede.
Aurelio Gutiérrez Martín de Vidales

























