NAUFRAGIO
QUECHEMARÍN DOLORES, AGOSTO 1867
Crónica de un naufragio. El
Pensamiento español, 9 de agosto de 1867.
De Santurce escriben a un periódico
de Bilbao los siguientes interesantes pormenores acerca del naufragio del quechemarín
Dolores.
Hoy a las cinco y media de la
larde han aparecido algunos buques de vela a la vista en esta Abra; de los
cuales han acometido la barra un cachemarín y un lanchón, franqueándola sin
novedad, pero con gran peligro a causa de estar la mar muy inquieta y el viento
muy flojo del NO.: al poco tiempo de haber ganado estos buques el puerto de su salvamento,
atravesaba la barra el quechemarín español de esta matricula nombrado Dolores,
su capitán D. Juan José de Mendialdua con otros cuatro más tripulantes, el
viento había quedado ya en una calma completa, y la mar había engruesado repentinamente.
El buque ya comprometido en lo más
expuesto de la barra, sacudido con dos espantosos golpes de mar con asombro de
cuantos lo presenciábamos; nuestro asombro creció extraordinariamente al
contemplar al citado buque, lanzado ya a merced de las olas, sin gobierno, a
causa de haber perdido el timón por un golpe de mar, impelido por las furiosas
olas hacia las peñas que se encuentran debajo del sitio conocido con el nombre del
Campo Grande.
La multitud de espectadores que
presenciábamos aquella lamentable escena, sufrimos un rato de verdadera
angustia al considerar el peligro inminente que corrían entonces los cinco
tripulantes del buque naufrago.
Por fortuna las olas llevaron a
este sobre un sitio, donde era posible aplicar algún medio de socorro, pero con
gran dificultad. En efecto, D. Domingo de Arechederreta, natural de Mundaca, y
capitán del quechemarín español Santos, también de esta matricula y
surto en la ría de Portugalete, acudió apresuradamente, y trepando a una de las
rocas más inmediatas al buque, brindo a sus tripulantes a que le arrojaran un
cabo, y hecho esto, lo amarro por un extremo a una roca y con el sobrante se
sujetó a si mismo por la cintura.
Entonces, señor director, aumento
todavía más nuestra angustia y terror, y tuvo lugar una escena que mi pluma es
demasiado débil para describir fielmente. El buque se hallaba ya completamente aconchado
sobre las rocas; las olas que se estrellaban sobre él a porfía iban a
destruirlo quizá en breves momentos, y los desgraciados marineros que lo
tripulaban se hallaban también a punto de ser víctimas de la embravecida mar. El
intrépido Arechederreta, animando con sus voces a los atribulados náufragos
consiguió devolverles su serenidad y darles aliento para atravesar el espacio
que separaba el buque de la roca suspendidos del citado cabo.
De esta manera fueron abandonando
el buque sus cinco tripulantes, encomendándose para hacerlo a sus fuerzas, con
la mar a sus pies, que parecía rugía enfurecida al ver que de aquella manera le
arrebataban sus víctimas. Arechederreta, cuya conducta heroica en esta ocasión
no nos cansaremos de encomiar bastante, los iba recibiendo en sus brazos uno a
uno, con gran exposición de su propia vida, parque a fin de evitar que es
aquella peligrosa travesía fueran estrellados por las olas, se hallaba apoyado
en la roca solamente en un pie, necesitando ejecutar un esfuerzo hercúleo para
trasportarlos sanos y salvos.
Una parte de los individuos que
componen la digna municipalidad de este concejo se hallaba también presente en
el lugar del siniestro, y tan pronto como los náufragos saltaron a tierra los recogió
y los condujo a Santurce, donde les presto toda dase de auxilios, vistiéndolos
con los mismos trajes que esta corporación tenía preparados para la tripulación
de la lancha, que debía salir a recibir a nuestra augusta soberana cuando pensó
visitar este pintoresco pueblo.
No concluiré esta carta, señor
director, sin hacer a Vd. presente la generosa conducta de este pueblo y de los
numerosos bañistas que en él se alojan. Abierta una suscripción por estos últimos
con el objeto de socorrer a los náufragos, en un momento se ha recaudado una
cantidad considerable, que ascenderá quizás a 6.000 reales, respondiendo a esta
suscripción con generoso empeño los habitantes de Santurce.
Aurelio Gutiérrez Martín de Vidales


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