jueves, 5 de marzo de 2026

 

NAUFRAGIO QUECHEMARÍN DOLORES, AGOSTO 1867



Crónica de un naufragio. El Pensamiento español, 9 de agosto de 1867.

De Santurce escriben a un periódico de Bilbao los siguientes interesantes pormenores acerca del naufragio del quechemarín Dolores.

Hoy a las cinco y media de la larde han aparecido algunos buques de vela a la vista en esta Abra; de los cuales han acometido la barra un cachemarín y un lanchón, franqueándola sin novedad, pero con gran peligro a causa de estar la mar muy inquieta y el viento muy flojo del NO.: al poco tiempo de haber ganado estos buques el puerto de su salvamento, atravesaba la barra el quechemarín español de esta matricula nombrado Dolores, su capitán D. Juan José de Mendialdua con otros cuatro más tripulantes, el viento había quedado ya en una calma completa, y la mar había engruesado repentinamente.

El buque ya comprometido en lo más expuesto de la barra, sacudido con dos espantosos golpes de mar con asombro de cuantos lo presenciábamos; nuestro asombro creció extraordinariamente al contemplar al citado buque, lanzado ya a merced de las olas, sin gobierno, a causa de haber perdido el timón por un golpe de mar, impelido por las furiosas olas hacia las peñas que se encuentran debajo del sitio conocido con el nombre del Campo Grande.

La multitud de espectadores que presenciábamos aquella lamentable escena, sufrimos un rato de verdadera angustia al considerar el peligro inminente que corrían entonces los cinco tripulantes del buque naufrago.



Por fortuna las olas llevaron a este sobre un sitio, donde era posible aplicar algún medio de socorro, pero con gran dificultad. En efecto, D. Domingo de Arechederreta, natural de Mundaca, y capitán del quechemarín español Santos, también de esta matricula y surto en la ría de Portugalete, acudió apresuradamente, y trepando a una de las rocas más inmediatas al buque, brindo a sus tripulantes a que le arrojaran un cabo, y hecho esto, lo amarro por un extremo a una roca y con el sobrante se sujetó a si mismo por la cintura.

Entonces, señor director, aumento todavía más nuestra angustia y terror, y tuvo lugar una escena que mi pluma es demasiado débil para describir fielmente. El buque se hallaba ya completamente aconchado sobre las rocas; las olas que se estrellaban sobre él a porfía iban a destruirlo quizá en breves momentos, y los desgraciados marineros que lo tripulaban se hallaban también a punto de ser víctimas de la embravecida mar. El intrépido Arechederreta, animando con sus voces a los atribulados náufragos consiguió devolverles su serenidad y darles aliento para atravesar el espacio que separaba el buque de la roca suspendidos del citado cabo.

De esta manera fueron abandonando el buque sus cinco tripulantes, encomendándose para hacerlo a sus fuerzas, con la mar a sus pies, que parecía rugía enfurecida al ver que de aquella manera le arrebataban sus víctimas. Arechederreta, cuya conducta heroica en esta ocasión no nos cansaremos de encomiar bastante, los iba recibiendo en sus brazos uno a uno, con gran exposición de su propia vida, parque a fin de evitar que es aquella peligrosa travesía fueran estrellados por las olas, se hallaba apoyado en la roca solamente en un pie, necesitando ejecutar un esfuerzo hercúleo para trasportarlos sanos y salvos.


Una parte de los individuos que componen la digna municipalidad de este concejo se hallaba también presente en el lugar del siniestro, y tan pronto como los náufragos saltaron a tierra los recogió y los condujo a Santurce, donde les presto toda dase de auxilios, vistiéndolos con los mismos trajes que esta corporación tenía preparados para la tripulación de la lancha, que debía salir a recibir a nuestra augusta soberana cuando pensó visitar este pintoresco pueblo.

No concluiré esta carta, señor director, sin hacer a Vd. presente la generosa conducta de este pueblo y de los numerosos bañistas que en él se alojan. Abierta una suscripción por estos últimos con el objeto de socorrer a los náufragos, en un momento se ha recaudado una cantidad considerable, que ascenderá quizás a 6.000 reales, respondiendo a esta suscripción con generoso empeño los habitantes de Santurce.

 Aurelio Gutiérrez Martín de Vidales


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