jueves, 14 de diciembre de 2023

 

NAUFRAGIO DE DOS MUJERES EN PEÑOTA 1862



Irurac Bat, 5 de agosto de 1862La naturaleza ha formado en el puerto de Portugalete, cerca de la playa de los baños y en la costa, un pequeño remanso o ensenada a cubierto de la vista de los curiosos, en cuyo centro se eleva una gruesa roca destacada de otras mil que contienen el mar, conocida con el nombre de la Peñota. En este lugar se bañan algunas mujeres, que, o temen las miradas de las gentes, o lo hacen porque sus trajes son un poco demasiado ligeros. Cuando la mar baja, la vaciante del rio es impetuosa, y en Peñota se deja sentir bastante, como que se halla afuera de la punta de los muelles y extiende el rio la influencia de su desagüe hasta aquella parte.

Ayer por la mañana bañábanse en Peñota, como es común en la estación presente, gran número de personas, cuando tres bilbaínos que precisamente ocupaban la punta más saliente del muelle de la Atalaya observaron que en Peñota ocurría algo de extraordinario, ya por los gritos que se oían, por los ademanes de algunas personas, y por ciertos movimientos de otras que indicaban pedir auxilio, de lo que se convencieron ayudados de unos gemelos que consigo llevaban. Inmediatamente echaron a correr en aquella dirección dando voces de alarma y temerosos de no llegar a tiempo, cuando afortunadamente acababan de aparecer en la playa los Sres. D. Mariano de Larrinaga, alcalde de Bilbao, D. José de Landecho y D. Luciano de Urizar, y un marinero llamado Tomás Rodríguez que los acompañaba, los cuales así que comprendieron la gravedad del caso, se precipitaron por las peñas con grave riesgo de producirse grandes daños para llegar a Peñota, logrando el señor Larrinaga presentarse el primero. 



Sin consultar más que a su corazón y sin más tiempo que para quitarse la levita y el pantalón, arrojóse al mar sudado y fatigado, y nadando velozmente se dirigió hacia dos jóvenes que eran arrastradas por la corriente y por las olas y que se mantenían aun en la superficie del mar; y cogiendo a una con una mano y nadando con el brazo que le quedaba libre, logró traerlas a las peñas. Su compañera se hallaba en mayor riesgo porque el agua la arrastraba y la cubría, pero el Sr. Larrinaga apenas dejó a la primera en tierra volvió se a arrojar al mar, apunto que el marinero Rodríguez hacía lo mismo, y logrando coger a la joven que aparecía y desaparecía entre las olas, la trajeron a la orilla en la que casi exánime la depositaron.

El Sr. Larrinaga, agobiado por el cansancio y por los esfuerzos que hizo, quedó tendido sobre una peña durante un largo rato, en medio de la admiración de las muchas personas que ya se habían reunido en aquel punto. Un joven, hijo de un tal Pedro, mozo del almacén de quincalla llamado La Bolsa, de Bilbao, hizo cuanto pudo por auxiliar a las jóvenes, pero cansado porque nadaba hacía tiempo, no pudo socorrerlas. También un arriero las arrojó al principio el ceñidor sin atender a la suma que contenía, así como otras personas las sábanas, pero todo en vano.

Arrastradas por la corriente y en un lugar bastante profundo ya, hubieran perecido a no haber acudido en su socorro el Sr. Larrinaga y el marinero Rodríguez. Una vez depositadas en tierra, fueron objeto del más asiduo cuidado de todos, y ya por la tarde la que estuvo más expuesta a perecer o inspiraba mayor cuidado, se hallaba perfectamente.  

El desprendimiento y valor del Sr. Larrinaga fueron ayer asunto de todas las conversaciones de los pueblos de Portugalete y Santurce, como lo fueron después del de Bilbao. Nosotros que conocemos a nuestro muy digno alcalde y que sabemos cuáles son los sentimientos, no hemos extrañado este rasgo de abnegación y de virtud. El Sr. Larrinaga, ya en esta, ya en otras ocasiones semejantes se ha hecho digno de la consideración pública. Y es más digna de elogio su conducta sabiéndose que, efecto de una dolencia que le aqueja, ni la consultó, ni temió los resultados que podrían sobrevenirle al arrojarse al mar en el estado que hemos dicho.

Aurelio Gutiérrez Martín de Vidales

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