EXPEDIENTE DE AVERÍAS DE LA BARCA "SANTURSANA". 1834
Expediente de averías iniciado el
20 de marzo de 1834 de la barca Santursana, (Santurzana) cuyo capitán es
Bonifacio de Arrarte, y cuyos propietarios son Corces y Murrieta, del
comercio de la villa de Bilbao, que desde el puerto de La Habana pretendían
llegar a Terranova para cargar bacalao con destino a la citada villa. AHFB, Tribunal
Comercio 0017/004
El capitán de la barca Santursana
era José Bonifacio de Arrarte Murrieta bautizado en Santurtzi el 16 de mayo de 1784,
era hijo de Juan Bautista Arrarte Mandoño y de Francisca Murrieta Villar, esta
a su vez era hija de Francisco Murrieta Urioste y de Josefa Villar Peña. Su hermano
Juan Tomás Bonifacio, contraería matrimonio en Santurtzi el 18 de mayo de 1826
con Gumersinda Murrieta Mello, hermana de Cristóbal Murrieta Mello.
En la barca Santursana,
además del propio José Bonifacio estaban embarcados los vecinos de Santurtzi: Matías
de Urioste, Juan Simón de San Pelayo y Ángel de Lambarri, como marineros y cocinero
de la embarcación.
Expediente: En la villa de Bilbao
a veinte y nueve de abril de mil ochocientos treinta y cuatro ante el señor Don
José María de Norzagaray, Cónsul del Real Tribunal de Comercio, por
ante mí el escribano de S.M. público del Número de ella, de Marina y Arribadas
de Indias de esta provincia, pareció Don Bonifacio de Arrarte, capitán de la
barca nombrada Santursana y bajo juramento que voluntariamente prestó
dijo: que teniendo a dicha embarcación de su mando estanco, bien aparejado,
tripulado y con todo lo demás necesario para hacer buena navegación, salió del
puerto y bahía de la Habana a las cinco de mañana del día quince mes próximo
pasado con destino a San Juan de Terranova y con objeto cargar allí bacalao
y venir a este puerto.
Que sin novedad alguna y con
diferentes vientos algo recios y bastante mar siguieron su navegación en
diferentes rumbos a veces con todo el aparejo. El día trece de febrero hallándose
en la latitud cuarenta y cinco grados veinte minutos y con el trinquete y las gabras
sobre dos visos, con viento fresco y mar gruesa y tratando a las cuatro y media
de la tarde aferrar la mayor, no lo pudieron conseguir a causa de bancos de
hielo y tuvieron que picar los envergues y echar abajo con bastante trabajo.
El inmediato día catorce a las dos de la tarde
se encontraron con una escama de hielo y ya a las tres para separarse ordenó el
relatante gobernar el rumbo S.S. pero de repente se vieron sin poder navegar y
entre bancas pequeñas y entre la marejada que hacia el buque fueron entrando en
la masa más gruesa de bancos de hielo que estaban sueltas, y por más más
diligencias que hacían para separarse les fue imposible. En tal conflicto
cargaron el trinquete y velacho quedando con solo el cabrío a la capa con el
fin que la embarcación no cediese y se maltratare con los muchos golpes que
entre banca y banca recibía, y viéndose así trataron de pones como efectivamente
pudieron defensas al costado a proa y popa, las cuales defensas se componían de
una guindalera, un calabrote, un cable de cáñamo, y otros varios cabos y
jarcias menudas.
El inmediato día quince, aunque con viento bonancible
y mar llana, se encontraron también entre bancas de hielo que llegaban a todo
lo que la vista podía alcanzar en el horizonte, y todo el tiempo les pasaba
maniobrando con objeto de defender el buque, así como sus vidas de los crueles
golpes que recibía, poniendo perchas, tablas y cuanto había en la embarcación
para su defensa.
Que el siguiente día diez y seis
se vieron de nuevo metidos entre bancas y a fuerza de desatascarlas con las
expresadas perchas y con un poco ámbar que llevaba el barco consiguieron
también no con poco trabajo salir de entre ellas para las dos de la tarde, y
para que el barco anduviese más con la ventolina que les había entrado suspendieron para arriba el cable, calabrote,
cabos de maniobra, salchichones y perchas
que como se ha referido tenían en los costados, y al anochecer les
quedaron las bancas a bastante distancia.
El inmediato diez y siete estando
libres de las bancas determinaron echar a la bodega los citados cables y demás
aparejos que les habían servido en los costados, aunque todo destrozado y
picado por los hielos, pero a las cuatro de la tarde se vio desde el tope una
mancha grande de dichas bancas de nieve por la parte del este y que se
extendían bastante.
Cuando anocheció con chubascos y viento
fresco por el S.-O. y mucha marejada pasaron toda la noche. El siguiente día diez
y ocho refrescó más y más y el viento se acrecentó, y con lo mucho que
trabajaba la embarcación se aumentó el agua en las bombas, y así continuaron en
que ya no pudieron resistir ninguna vela por las olas que caían en cubierta, y
un golpe de mar se llevó hasta el bote. En esta situación decidieron que era
imposible ir a su destino de San Juan de Terranova, y el día veinte y cinco al
medio día viraron por redondo con vientos del segundo cuadrante.
Siguieron así en derrota hasta que
el día veinte y siete, y al amanecer avistaron un bergantín por sotavento a
cierta distancia y largándole la bandera española les contestó con otra igual.
Se aproximaron al abra a cosa de las nueve de la mañana y habiéndoles suplicado
al capitán de dicho bergantín nombrado La Merced que procedente de Cuba
iba a Barcelona les diese conserva por la mucha agua que, hacia el barco,
generoso convino a ello y en su compañía siguieron la derrota para el primer
puerto de la península, haciendo el buque veinte y cuatro pulgadas de agua y
así continuaron hasta el tres de marzo. Hallándose en la latitud treinta y
siete grados norte y veinte y cuatro de longitud, avistaron tierra por popa,
después el bergantín se despidió de ellos y tomó su destino y después de haber
navegado con vientos flojos y en varias direcciones el veinte y uno por la
tarde reconocieron el cabo Finisterre Y desde ese día con vientos a favor
fueron acercándose a este puerto.
Posteriormente Julián de Unzueta,
maestro constructor, tasaría la avería causada en el casco y arboladura de la
barca en la cantidad de quince mil reales de vellón poco más o menos, navío que
estaba asegurado en Londres por sus propietarios.
Aurelio Gutiérrez Martín de
Vidales