VIAJE REGIO AL
PUERTO DE BILBAO SETIEMBRE 1902
La Ilustración española y americana,
el 15 de setiembre de 1902, publicó una crónica de la visita de S. M. Alfonso XIII a la
invicta villa de Bilbao, donde además de la información gráfica de la visita,
utiliza unas primorosas instantáneas obtenidas por el notable pintor y
fotógrafo, Sr. Marcoartu.
"El 5 del actual, a las cinco y
media de la tarde, desembarcó el Rey, acompañado de la Reina madre y la infanta
María Teresa, en el sitio denominado la Salve, dirigiéndose entre aclamaciones
y saludos a la basílica de Santiago, en la que se cantó un solemne Tedeum y
después se trasladó al Ayuntamiento, donde se celebró una brillante recepción,
y asistió más tarde al frontón Euscalduna, donde presenció los bailes del país
ejecutados por las hilanderas y espatadanzaris de Durango, y regresó en el Vasco
Núñez de Balboa al Pelayo a cuyo bordo durmió.
EL día 6 desembarcó en Luchana, y
por el ferrocarril de la Orconera se trasladó a Santurce (Ortuella) para
visitar las minas de aquella importante región. Fue a pie hasta Gallarta y en
carruaje a Ortuella, y en ferrocarril a los Altos Hornos, punto en cuyo
embarcadero provisional esperaba el Vasco Núñez de Balboa, en el que
regresó al Pelayo.
Al siguiente día visitó el Rey el
nuevo hospital de Basurto y la Escuela de Ingenieros y se celebró en el palacio
de la Diputación una numerosa recepción de alcaides. Presenció la hermosa
batalla de flores, que se efectuó en la Gran Vía de López de Haro, y visitó las
callea de la ciudad antigua. Por la noche regresó al Pelayo, como en los
días anteriores.
En todas estas excursiones y
solemnidades fue objeto S. M. de las más expresivas manifestaciones de cariño y
entusiasmo de todas las clases sociales, y en dichos días la mayor animación y
brillantez presidieron las fiestas bilbaínas; pero de todas, ninguna tan
importante para Bilbao como la solemnidad fue colocar el Rey la última piedra
de la colosal obra del puerto del Abra. Aquella fiesta significaba para la
invicta villa el logro de sus más nobles y vivas aspiraciones, y el pueblo todo
acudió al puerto.
En la parte alta del muelle, y en
el extremo del mismo, se había colocado una tribuna al nivel del suelo,
adornada con ricos tapices y colgaduras de terciopelo. En ella se puso una mesa
y varios sillones y en el frontis dos grandes cuadros con el plano de las obras
uno, otro con una sección de los bloques y cajones, ejecutados al lavado, y
cuya factura denunciaba la mano de un hábil delineante. Frente a la tribuna se
levantaba un altar portátil a ante el cual esperaba, revestido, el Sr. Piérola
y el clero con cruz alzada.
Entre el altar y la tribuna, a
los que servía de Pabellón la férrea mole de la grúa Titán, estaba
sostenido por gruesas cadenas la última piedra del muelle un enorme cubo, una
de cuyas caras llevaba empotrada en su centro la lápida conmemorativa que es de
mármol blanco y rematada por una corona real de bastante saliente.
La lápida tiene la siguiente inscripción:
SU
MAJESTAD DON ALFONSO XIII ASENTÓ ESTA PIEDRA
EL DÍA
VII DE SEPTIEMBRE DE MDCCCCII.
El Rey ocupó su puesto,
acompañado de su augusta madre y de la Infanta, y el Sr. Coste y Vildósola,
presidente de la Junta de Obras del Puerto; se adelantó y leyó un discurso, del
que transcribimos los párrafos que compendían la historia de la importantísima
construcción:
“En el año 1872 se inició este
pensamiento en la Junta de Comercio de Vizcaya, con cuya presidencia me
honraba, la que consiguió de la superioridad la creación de una Junta especial
de obras de la ría y puerto de Bilbao.
En 1873 se nombraron los vocales
de que se había de componer. Sobrevino la guerra civil y todo quedó paralizado.
Terminada la guerra, se reunieron
nuevamente los vocales en 1876 y fui nombrado por ellos su vicepresidente,
quedando así constituida la Junta, que al poco tiempo elevó a la superioridad
el Reglamento porque se había de regir y la tarifa de arbitrios que solicitaba
para tener recursos, con los que pudiera atender a las obras que proyectaba,
todo de acuerdo con mineros, comerciantes, industriales, navieros y
propietarios, y por reales órdenes de Julio y Septiembre de 1877, reinando
vuestro augusto padre, S. M, don Alfonso XII fueron aprobados, tanto el
reglamento como las tarifas. Y en Octubre del mismo año fue nombrado por el
excelentísimo señor Ministro de Fomento, ingeniero director de las obras D,
Evaristo de Churruca. Si este nombramiento fue acertado, lo demuestran las
obras, que asombran por el resultado obtenido en la ría, barra y puerto.
Por la ría, que en bajamar apenas
podía subir a Bilbao un bote, y en pleamar un buque con ocho pies de calado,
suben hoy a sus muelles vapores de cinco mil toneladas.
La barra ya no existe, merced al
dragado de su cauce y a la construcción del muelle de hierro, cuya terminación
de obras honró con su presencia vuestra augusta madre, S. M. la Reina, el 12 de
Septiembre de 1887.
EI puerto lo estamos
contemplando, tranquilo en sus aguas, espacioso y de gran calado para los
buques de mayor porte.
EI éxito ha sido completo. El
importe de las obras de la ría, barra y puerto ascenderá próximamente a la
respetable suma de cincuenta millones de pesetas, que se han obtenido de los productos de los arbitrios, entre los que figuran en primer término los de la
exportación minera, de las subvenciones del Gobierno, de las de la Excma.
Diputación de la provincia de Vizcaya, de las del Excmo. Ayuntamiento de la
Invicta villa de Bilbao y del pueblo entero de la misma, que ha suscrito
siempre las Obligaciones emitidas por la Junta.
La Junta ha tenido también la
suerte feliz de que los contratistas de todas las obras que han llevado a cabo
hayan cumplido con sus contratos, debiendo hacer especial mención de los del
Puerto Exterior, Sres. Coiseau, A. Couvreaux fils y Cía. y Félix Allard, que
con los poderosos medios auxiliares que han puesto en juego para la
construcción de las obras, la excelente organización de los trabajos y su
inteligencia y actividad han contribuido a su completo éxito.”
S. M. contestó felicitando a
cuantos, con su inteligencia, su capital o su trabajo han contribuido a
realizar tan importante obra y haciendo votos por la prosperidad de su patria.
El Sr. Obispo bendijo el bloque que dos obreros a él subidos hicieron girar hasta que se colocó hacia la boca
del puerto la lápida conmemorativa, y luego, al descender, el Rey arrojó una
paletada de cal sobre la misma.
Cuando esto sucedía, millares de
cohetes atronaban el espacio, las sirenas de los barcos, los barrenos
disparados junto al rompeolas, los cañonazos de los fuertes y los disparados
por los barcos de guerra, producían un ruido ensordecedor, que apenas dejaba
oír los vivas y aclamaciones al Rey, a Bilbao y a Churruca, que se daban desde
todos los sitios.
De regreso en el Pelayo,
donde el Rey ofreció un espléndido té, presenció S. M, las regatas de
traineras, yolas y botes a remo, que se verificaron con gran lucimiento y
fueron muy aplaudidas.
La fiesta nocturna recordaba, por
su esplendidez y mágica vistosidad, las famosas de Venecia. Cerca de mil
embarcaciones, todas iluminadas; el coro del orfeón, cantando el boga, boga.
Los barcos de guerra nacionales y franceses, lanzando la claridad de sus
reflectores poderosos; el original simulacro de la vuelta de la pesca de la
ballena, con sus galeras tripuladas por soldados y remeros vestidos a la
antigua. Vistosas iluminaciones en tribunas y edificios, y el deslumbrador
espectáculo del volcán artificial de las inmediaciones de Santurce, todo
formaba un conjunto maravilloso, tan digno de verse como difícil de
describirse.
En la mañana del 8, después de
celebrarse el santo sacrificio de la misa a bordo del Pelayo, zarpó este
buque llevando a la familia real a San Sebastián, siendo despedido por los
bilbaínos con el entusiástico afecto de que en las pasadas fiestas dieron
sinceras pruebas.
De las fiestas y solemnidades a
vuela pluma indicadas se han escogido para la información gráfica el aspecto
del puente durante las regatas, la visita del Rey al nuevo hospital de Basurto,
la estatua de López de Haro, las elegantes tribunas del Club Náutico y de la
Sociedad Bilbaína, la llegada de la real familia al palacio de la Diputación
para la recepción de los alcaldes, una vista general del puerto del Abra, el
aspecto de la ría, las regatas y la solemnidad de la colocación de la última
piedra del citado puerto".
Aurelio Gutiérrez Martín de Vidales
15 setiembre 1902
8 diciembre 1903
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