lunes, 23 de enero de 2017

KARRAMARROS

Pescar karramarros, cangrejos de mar, en la Ría de Portugalete fue en nuestra niñez uno de los entretenimientos principales. Este crustáceo era el marisco de los pobres, en una época que los langostinos se veían en alguna celebración importante. Junto a los caracolillos habrán sido de los alimentos que con más placer recuerdo.

Ir armados con los quisquilleros desde la Punta del Muelle hasta la Benedicta era una imagen frecuente haya por los años 70. Había una plena competencia por llegar los primeros a las pescaderías y que te dieran la mejor carnada que sirviera de cebo para que los karramarros cayeran en la red y fueran posterior comida para nuestra satisfacción. Llegado agosto, las cabezas de bonito se cotizaban al alza, haciendo guardia en las pescaderías de la plaza de mercado, vigilando el momento que se descabezaba un bonito para raudo y veloz solicitarla.  Entonces las pescaderas se encontraban en la planta baja de la plaza, ¿cuánta guerra no le habremos dado con este asunto a la familia de Txomin Hermosilla?

Un aro, que construíamos con una barra de hierro cuya circunferencia la trazábamos en la forma de un balde y cuyo cierre se acababa con alambre de cobre, red, y metros de cuerda, y listo quisquilleros para pescar quisquillas y otros ejemplares que con engaño cayeran el ellos. Los aros finos solían salir ya soldados de cualquiera de las empresas que como hongos poblaban las márgenes de la Ría, hoy fantasmas del recuerdo.

La Punta del Muelle, desde el Mareómetro hasta el faro, era un lugar privilegiado, allí es donde se podían encontrar además de los karramarros, alguna eskarra y abundantes gorringos, debajo de faro ocasionalmente algún centollo despistado también fue sorprendido en los quisquilleros. Y si este lugar era exquisito en este arte menor de pesca, era porque las abundantes rocas, con sus mejillones y los pozos con quisquillas era el lugar idóneo donde estos karramarros encontraban un alimento idóneo.

Otro lugar importante era la grúa del muelle, las mojijoneras que había en las columnas que sostenían al muelle era un almacén de comida garantizado, la profundidad no era obstáculo para pescar sin depender de cómo estaba la marea. Luego estaba el muro desde el dique hasta el antiguo cargadero de mineral de Galdames. Aquí uno tenía ventaja sobre el resto, si mi tío Miguelín tenía buen día hasta te dejaba montar en el bote de nombre “tres Hermanos” y ciando te arrimaba desde el agua al muro para que los karramarros que estaban en las paredes como los caracoles en tierra, se pudieran coger con facilidad.

Aunque el color natural de su cascara por regla general, era con diversos tonos verdosos, aquellos de color rojo, identificados como gorringos, eran los más reclamados, así como era la predilección entre las ejemplares hembras.

Con la experiencia adquirida en su captura era muy difícil dejarse atrapar por sus poderosas pinzas, y en aquellos casos que te atenazaban, jamás había que arrancarle la pinza, aguantar a que el animal aflojase, soltarlo y a chupar el dedo para que la segura herida con sangre no se infectase.
¿cuantas tardes habremos merendado karramarros en el muelle? Unas piezas pescadas, una lata profunda, agua de la Ría ya salada de por sí, una hoguera, y al fuego. Producción directa según se iban cociendo se iban comiendo.  Con la pesca del karramarro, conocimos sin saberlo a socializar, amar y respetar a la naturaleza. Las piezas pequeñas se devolvían al mar, las hembras con huevas se devolvían a la Ría y el resultado de la pesca se repartía a partes iguales entre los pescadores. “De cada uno según su trabajo, a cada cual según sus necesidades”.

Se respetaba su ciclo y preferentemente se pescaba en los meses con R. Tampoco se pescaba con avaricia, jamás se desaprovechaba el excedente, se repartía en el barrio, un signo de amistad más.

Antes de la recogida general de residuos en la depuradora, solían llegar restos del matadero al muelle, con lo que además de las quisquillas, mojojones, alimento en la Ría había y sobraba. A causa principalmente de la contaminación provocada por las empresas que vertían sin ningún tipo de control ácidos y otros residuos contaminantes esta especie desapareció por los años 80, y raro es verlos hoy en día.

 Recordar a los parientes pobres de los karramarros, conviviendo con estos, los llamábamos “Zapateros”, animales negros y no comestibles.

Después, cuando a uno le empezó a salir pelusilla en el bigote, los domingos, los quisquilleros fueron poco a poco sustituidos por el txitxarrillo de la plaza, donde el pecado de la adolescencia y el pase de la paloma, hizo que cayéramos como pescaditos en otras redes, en las que en mi caso llevo 46 años.



Aurelio Gutiérrez

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